Londres 2012. Revista Desafío

Ya queda menos para la esperada cita que, tantos y tantos deportistas, llevan mucho tiempo esperando. Para algunos serán sus primeros Juegos Olímpicos, para otros… quizás sus últimos, su última oportunidad. Londres 2012, en su recta final, se convierte en un camino lleno de ansiedades y altas expectativas, nervios e ilusiones, un gran acontecimiento que, desde la psicología deportiva, no podemos dejar de comentar.

Los Juegos Olímpicos son un arma de doble filo, como todo gran acontecimiento que se produce tan de tarde en tarde. Nos encontramos con un sueño lejano e idealizado, que de repente, está a la vuelta de la esquina. Como rezaba el lema de Juegos Olímpicos de Beijing, 2008: “Un mundo, un sueño”. Los deportistas que compiten en estos juegos han entrenado durante cuatro años, compitiendo en europeos y campeonatos del mundo, buscando las marcas clasificatorias que les permitan acceder a lo máximo que un atleta puede aspirar: participar en una Olimpiada y convertirse en Dios del Olimpo. Han entrenado mucho y muy duro y todo ocurre, se desencadena y termina en un abrir y cerrar de ojos.

No sucumbir a la presión, mantener la cabeza fría y seguir dando lo mejor de ti es fundamental para esta cita tan importante. Alistair Brownlee, triatleta británico, dijo en los últimos Juegos: «Estaba pensando, ¡vaya!, esto es lo que siempre he soñado. Iba por delante, sintiéndome bien y otros corrían con esfuerzo detrás de mí. Entonces, llegó el kilómetro siete y ya no tuve nada que hacer». Estamos seguras que, por desagracia, esta situación se le ha presentado a muchos atletas y deportistas, y la razón de que ocurra no suele ser física, no es que de repente te de un bajón; el motivo suele ser psicológico. De ahí la importancia de trabajar este aspecto de cara a esta importante cita.

Con ayuda del psicólogo deportivo, el deportista debería trabajar los siguientes aspectos:

  1. Desmitificar los Juegos Olímpicos: Michael Phelps, nadador que ha ganado 14 medallas olímpicas de oro en su carrera es de la opinión de que “los JJ.OO. no son cada cuatro años, no nos preparamos para cada cuatro años, nos preparamos para cada día”. Obviamente, no vamos a eludir el gran significado de los Juegos, sin embargo, debemos quitarles “peso” de encima. Encumbramos un acontecimiento, idealizamos la ocasión, y esto nos puede jugar malas pasadas. Centrar la atención en el trabajo realizado cada día, en los resultados de cada competición previa, en las felicitaciones del entrenador o en los objetivos alcanzados nos alejará de la sombra del fracaso por sucumbir a la presión del todo o nada.
  2. Controlar el pensamiento: la película “El Guerrero Pacífico” es un buen ejemplo de esto. Debemos aprender a “sacar la basura” de nuestra cabeza, a alejarnos de aquellos pensamientos que nos alejen del éxito. Hay que tener claro qué es lo que quiero e ir a por ello. No hay lugar para las ideas de duda. Los deportistas pueden entrenar el estilo cognitivo y elegir y automatizar los pensamientos que les van a llevar al objetivo. En lugar de “no sé si estoy preparado, hay algunos que me superan, a ver qué pasa…”, debemos pensar en términos positivos y ambiciosos “yo estoy aquí porque me lo merezco, he trabajado duro y vengo a darlo todo, no permitiré que nadie me deje en el camino”.
  3. Trabajar la ambición: dos frases célebres dejan claro el significado de este factor: “Lo importante no es ganar, sino competir” (Barón Pierre de Coubertain, padre de los Juegos Olímpicos modernos) y «tenemos que trabajar en los detalles; por ejemplo, no tener miedo a ganar» (Juan Oliver, técnico de la selección brasileña de balonmano después de perder con Suecia). Solo dando el cien por cien en la competición se gana, no se gana sin competir. El pensamiento de un atleta debe estar centrado en el ahora, en el presente, solo así competirá de forma excelente y alcanzará su objetivo, siempre y cuando el miedo a ganar, no les deje en el camino. La ambición sana nos lleva a lo más alto, a no temer ni al éxito ni al fracaso, es superarnos a nosotros mismos y al rival lo que nos hace crecer como deportistas.
  4. No sucumbir al cansancio y al esfuerzo: las técnicas de control de la atención y la concentración nos pueden ayudar a redirigir nuestro foco atencional de forma que en lugar de centrarnos en el cansancio, el dolor, lo hagamos en aquello que nos da aún más fuerzas. El deportista de élite automatiza la actividad, gestiona de forma correcta el esfuerzo, atiende a las señales de aviso e ignora el cansancio.
  5. Confiar en nuestras potencialidades: esto significa trabajar la confianza y la seguridad en uno mismo. Apartar los pensamientos de duda, conocer nuestro talento y nuestras virtudes nos permite explotarlas y sentirnos seguros. Nadie nos regala nada, somos nosotros quienes nos esforzamos para alcanzar el premio.
  6. Tener un pensamiento flexible: José Pedrazqa González (boxeador puertorriqueño, derrotado por el francés Daouda Sow), dijo: «Tenía un plan A, un plan B y un plan C, pero ninguno me funcionó». El atleta que triunfa es el que sabe redirigir su estrategia hasta el plan Z, si es necesario. Es muy frecuente que entrenador y técnicos trabajen con el deportista en su estrategia, en qué movimiento o acciones debe realizar según el tiempo, la humedad, los rivales… y por mucho que planifiquemos, a veces, todo sale al revés. Que cambien los planes, que surjan situaciones inesperadas es algo que puede ocurrir y debemos saber manejar si no queremos jugárnosla todas a una. El deportista puede quedarse paralizado si lo tiene todo planificado, si su pensamiento rígido e inflexible, no le permite poner en juego su actividad automatizada y sacar todos sus recursos y potenciales.
  7. Por último, un triunfador de Juegos Olímpicos, ha de ser capaz de controlar sus emociones. Saber motivarnos, con frases, fotos, música y con las recompensas que alcanzaremos cuando cumplamos con el objetivo. Debemos simular, como si fuésemos actores, el estado emocional que saca de nosotros toda la rabia y la ambición de los que lo dan todo y trabajan al límite. Participar con corazón, furia y amor por lo que hacemos. Y si aún así todo fallara, digamos como Juan Carlos Carmona (fondista colombiano que corrió la maratón): «El puesto 43 me deja feliz».

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